
Capítulo 10: El hombre del ministerio
El hombre que el gobierno prometió mandar a la isla para investigar el incidente llegó en barco una semana después del intento de suicidio de Juan.
La primera impresión que Madre registró de él fue verle de pie en la proa del barco, con un café caliente en una mano y su corbata a rayas agitándose a causa de la brisa. Supo enseguida con qué clase de hombre iba a enfrentarse.
Cuando los gobiernos pretendían mandar mensajes de calado a la población, enviaban siempre a gente que tranquilizase. O bien con sus sonrisas, o bien con un carácter templado. Pero siempre personas que hacían sentir que todo iba bien.
Aquel no era uno de ellos.
Su rostro, pulcramente afeitado, no salía en las imágenes de televisión ni en los periódicos. Aquel hombre trabajaba entre bambalinas, donde el ojo público no llegaba o más bien donde no se quería que llegara.
Era un soldado, un fontanero. El hombre al que enviaban cuando los que mandaban tenían un problema.
Aquella vez, ellos eran el problema.
-Doctora Vidal- dijo nada más puso un pie en tierra, estrechando la mano de Madre con una mezcla de efusividad y dureza, apretando un poco más de lo necesario- Me alegro de conocerla al fin.
El sentimiento no era compartido, pero la doctora se abstuvo de decirlo en voz alta. No obstante, ambos lo sabían.
Aquella vez, Madre no dio la bienvenida a la nueva remesa de durmientes que venía en el barco. En lugar de ello, se adelantó y se dirigió al complejo junto al hombre del ministerio, que caminaba tras ella dejando que le guiara.
Creando de paso la falsa sensación de que ella estaba en control.
El despacho que le habían preparado estaba en el piso de arriba del complejo, al final de un pasillo y alejado de las habitaciones de los durmientes. Madre no quería que sus investigaciones interfirieran en el resto de actividades de la isla.
El hombre, llamado Alejandro, no protestó. No obstante, Madre tuvo la seguridad de que interpretaba cada uno de sus pasos, aunque se guardaba de mostrar un talante soberbio o despectivo. En su lugar, le profesaba un sincero respeto.
Los dos, a su manera, eran soldados del gobierno. Aunque él estaba curtido en muchas más batallas.
El hombre pasó la mañana de su llegada interrogando a los testigos del incidente con Alberto, el guardia. Madre pudo hacerse así una idea de cuáles eran sus métodos, ya que estaba segura de que tenía toda la información gracias a informes previos a su llegada.
Empeñarse aun así en conocer la historia de boca de los testigos solo era una táctica, una forma de saber si ocultaban algo y, en caso de ser así, si la mentira estaba lo suficientemente bien engrasada como para resistir un interrogatorio en primera persona.
Tuvo la sensación de que pediría su testimonio en último lugar. No se equivocó.
Se vieron cara a cara cuando cayó la noche, en el comedor. A esas horas estaba vacío, a excepción de ellos dos, y las luces se habían apagado salvo un pequeño círculo sobre la mesa donde estaban sentados.
Alejandro tenía ante sí una cena frugal. Pero, pese a haber estado trabajando desde su llegada, no le prestó apenas atención.
-Me gustaría- dijo finalmente, mientras su tenedor jugueteaba con la pasta de una ensalada, fingiendo interés- Conocer ahora su versión, doctora.
-Ya ha escuchado varias. No creo que pueda aportarle mucho más. Aparte de eso, no estuve presente en los momentos más importantes.
-Tengo varias versiones, sí. Pero ninguna es igual a otra. Creo que el único modo de acercarse a la verdad objetiva es escuchar diferentes verdades y compararlas entre sí. ¿Usted, como científica, está de acuerdo?
-Es un enfoque interesante.
-Bien, pues cuénteme. Soy todo oídos.
Sabiendo que no tenía más opciones, Madre empezó a hablar. Construyó su relato basándose en lo que sabía y en lo que le habían contado otras personas. Lo hizo de forma desapasionada, con una precisión casi quirúrgica.
Como un niño que observa insectos a través de una lupa.
Alejandro no interrumpió. Se reclinó en su silla y escuchó en silencio, dejando que las palabras fluyeran hasta formar un relato coherente. Sin embargo, su escucha era más intimidante que cualquier palabra, porque era una escucha activa.
La de alguien que sabe que ninguno de los aspectos que conforman una historia, desde las palabras escogidas hasta la entonación, es inocente. Por tanto, todos deben ser tenidos en cuenta a la hora de decidir si esa historia tiene validez o no.
Eso es lo que él hacía mientras hablaba. La doctora casi pudo escuchar el sonido de los engranajes en su cabeza mientras estudiaba su relato y lo comparaba con los que ya había escuchado.
Cuando terminó, le vio sacar un cigarro y encenderlo. El brillo de la llama aportó por unos instantes una chispa de vida a sus ojos desapasionados.
-Quisiera compartir con usted una reflexión. Lo que hablemos a partir de ahora será confidencial, aunque tiene que ver con mi trabajo. ¿Está de acuerdo?
Madre asintió, intentando calibrar qué significaba aquello. Alejandro guardó el mechero en un bolsillo de su chaqueta.
-Como científica, ¿qué opinión le merece que una forma de vida en apariencia mucho más evolucionada que la nuestra haya decidido entregarnos, justamente a nosotros, un don tan preciado como el que poseen los habitantes de este complejo?
-Esa pregunta presupone que las cosas pasan por una razón. Existe otra alternativa, la de que todo sea fruto del azar.
-Y usted, insisto, como científica, ¿en cuál cree?
-No tengo una opinión definida. Pero no parece que esta conversación se mueva por puro azar. ¿A dónde quiere llegar?
-Supongo que la teoría del azar tiene sus ventajas. Eso permitiría explicar lo que aquí ha ocurrido como eso, simple azar. Simple coincidencia.
-Es una forma de verlo.
-Pero eso volvería mi trabajo inútil.
-Y, ¿cuál es su trabajo?
-Usted ya lo sabe.
-Quiero oírlo de su boca. Como usted mi versión de una historia que ya conoce.
-Bien visto- dijo con un gesto de sincera admiración con el que parecía congratularse de haber encontrado un rival a la altura- Trabajo haciéndome preguntas.
-Y, ¿encuentra las respuestas?
-No llego tan lejos. Las preguntas, con la información que recopilo, las contestan otros. Y, cuando tengo su respuesta, obro en consecuencia.
Desde aquella entrevista, madre supo que debía seguir actuando como lo había hecho hasta ese momento: colaborando, en apariencia, con el recién llegado, pero observando desde la distancia cada uno de sus movimientos como estaba segura de que él vigilaría los suyos.
Eran, al fin y al cabo, dos leones. Y ninguno se dejaría pisar la cola.
Al día siguiente, Alejandro informó de cuál sería su siguiente paso. Aunque lo sabía inevitable, a madre le irritó su modo de actuar, dando apariencia de que cada decisión se tomaba en el momento cuando en realidad obedecía un programa ya escrito desde la península.
Tras escuchar las versiones de los implicados en el accidente, Alejandro centraría su interés en los hacedores, los causantes de la locura del guardia. El día siguiente a su llegada, por la mañana, dio orden de que aislaran a uno de ellos.
Madre se vio obligada a aceptarlo. Al fin y al cabo, era el mal menor pues las actividades de la isla podían proseguir sin uno de los hacedores.
Pero permitir que uno de aquellos seres superiores, los que habían devuelto a su vida la devoción a un propósito más grande que ella misma, fuera sacrificado, le resultaba una herejía muy difícil de tolerar.
Un equipo seleccionado de cuatro científicos entró en la bóveda a la mañana siguiente llevando bombonas de oxígeno y trajes de protección. Uno de ellos llevaba una pistola con la que esperaban dormir a su objetivo.
Madre pensó en ir ella misma, pero finalmente lo reclinó. Se quedó en la sala de los monitores, observando cómo el hombre del ministerio dirigía la operación desde la distancia mientras a los durmientes solo se les había informado de que aquella mañana no accederían a la bóveda.
Desde que asumió el mando del proyecto, uno de sus mayores temores siempre había sido la intromisión del poder político. Hasta ese momento, ambas esferas habían convivido sabiendo que se necesitaban mutuamente.
Pero la muerte de Alberto había abierto una grieta cuyas consecuencias aún se estaban ramificando ante sus ojos.
Recordó un artículo que leyó en un periódico cuando el experimento echó a andar, en la época en que aún leía opiniones ajenas acerca de su trabajo. La mayoría, en su opinión, analizaban el asunto desde una perspectiva frívola, cuando no directamente pagada por el poder político.
Sin embargo, aquel contenía una reflexión interesante que se quedó en su memoria.
El experimento, decía, era tachado por algunos de «escapista´´. Según ellos, la única solución que se ofrecía a los jóvenes ante la falta de futuro era escapar a un mundo de ensueño, libre de problemas. Libre de ideología.
Sin embargo, el autor del artículo disentía. Según él, la decisión de ofrecer aquella salida a los jóvenes era un acto puramente político. Bajo la apariencia del escapismo, tras la imagen de un futuro presentado como catastrófico, se escondían el control y la ideología.
Madre nunca supo si aquel periodista consiguió seguir trabajando después de aquello. Pero, desde la perspectiva contraria, desde la de los que controlaban el relato, no podía dejar de estar de acuerdo con él.
Quien controlaba el relato, se dijo, tenía el poder. En eso consistían la política y la ideología: en tener el poder y conservarlo a costa de los enemigos, disfrazándolo de buenas intenciones.
Aplicándolo a lo que ocurría en la isla, sus responsables habían encontrado el modo de seguir controlando los recursos sin compartirlos con las nuevas generaciones, a las que arrojaban a un mundo de nihilismo y escapismo.
La rebeldía, la posibilidad de huir, ofrecida como forma de enmascarar lo que solo era el control y mantenimiento del status quo por parte de unos pocos. De los de siempre. Si se pensaba, no había acto más ideológico que ese.
Incluso ella, que se creía por encima de la política y había observado la llegada de los hacedores desde una perspectiva puramente científica y de hambre de conocimiento, veía cómo, en el fondo, no tenía más poder que los durmientes.
Pensó en el hacedor que separarían del grupo. En cómo, en palabras de Alejandro, sería llevado a una sala que ya había sido preparada y donde lo dejarían morir respirando el oxígeno terrestre. Después, lo abrirían para practicarle una autopsia.
A Madre se le concedió ser quien la llevara a cabo. Trató de convencer a su mente científica de que aquello era una oportunidad para averiguar más sobre aquellos seres y entender cómo funcionaba su cuerpo, de qué estaban hechos.
Pero no podía ignorar que, en el fondo, la autopsia solo respondería al deseo de control. Sabiendo más sobre ellos, encontrarían nuevas formas de dominarlos e impedir que se revelaran o provocaran más incidentes como el del guardia.
Se imaginó a aquel ser, al que tantas veces había observado a través de los monitores con el mismo respeto con el que lo había hecho en su día con su padre, o con Dios, tumbado en una camilla, abierto en canal y con su cuerpo, antes un templo virgen, mancillado con un bisturí.
Lágrimas de impotencia asomaron a sus ojos. Solo era una durmiente más en manos de los políticos. Todos allí, desde ella hasta los propios hacedores, disfrutaban de una aparente libertad e incluso de una falsa sensación de poder mientras no se salieran del tiesto.
Todos eran marionetas inconscientes sobre una camilla.
Fue entonces, justo cuando al otro lado de la imagen de las pantallas los científicos se disponían a dormir al hacedor, cuando ocurrió algo que no solo interrumpió sus pensamientos, sino que cambió para siempre la vida en la isla.
Todos los hacedores, tanto los que salían en pantalla como los que no, reaccionaron al unísono ante la presencia de la pistola. Sus ojos violetas aumentaron su brillo y su cuerpo camaleónico adoptó una mayor nitidez.
Todos, trabajando como una mente colmena, comenzaron a emitir un pitido. Uno tan ensordecedor que nadie ajeno a su especie pudo soportarlo. Se introducía en los canales auditivos, castigaba los tímpanos y doblegaba las rodillas.
El pitido atravesó los límites de la bóveda. Cruzó paredes, pasillos y pantallas de plasma de forma que por unos momentos todos los habitantes humanos de la isla, incluidos los que vigilaban esta desde sus barcos más allá del muro de niebla, lo escucharon.
Nadie supo decir después cuánto había durado exactamente aquello. Pero, durante unos instantes, todos se vieron hermanados por la sensación de indefensión ante unos seres que habían tolerado su curiosidad, pero no su exceso de osadía.
Entonces, tan bruscamente como había comenzado, cesó.
Los humanos presentes en la sala de control, unidos aún a través de la sensación de vulnerabilidad, se miraron unos a otros. Ninguno parecía haber sufrido daños, y al otro lado de la pantalla el equipo de la bóveda también se encontraba bien.
Alejandro trató de recuperar el control dando órdenes erráticas. Sin embargo, madre se dio cuenta de que algo había cambiado echando un vistazo a los hacedores.
Estos se habían quedado quietos, impávidos en apariencia, con el brillo de sus ojos y la apariencia corporal como estaban antes del pitido. No obstante, algo en su pose vigilante les rodeaba con un halo de inquietud.
Parecían transmitir que algo había cambiado en la relación de poder que mantenían desde su llegada a la isla. Tras el castigo a los humanos, estos ya solo conservaban el poder en apariencia. A partir de ese momento, los hacedores marcarían las normas.
Madre sintió una mezcla de terror y soledad al ser, en apariencia, la única que percibía aquella amenaza latente. Miró a uno de los hacedores a través de la pantalla, y se sintió pequeña, como una hormiga a la que otro ser vivo de enorme tamaño se pensara si aplastar o no.
Ella, que se había creído la humana, era en realidad la hormiga.
Estuvo a punto de lanzar un grito, tal fue la intensidad de su miedo. Pero otro grito, ajeno a ella y procedente de las habitaciones de los durmientes, lo sustituyó. Madre supo, antes de que nadie se moviera, lo que este significaba.
Estaban a punto de descubrir qué era lo que había cambiado en la isla.
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