Cortos de tinta: Página en blanco (Continuación) (Parte 1)

I 

Cuando pienso en mi madre, siempre pienso en las canciones de la radio. 

Los domingos limpiábamos el polvo en nuestra casa del pueblo. No me importaba. En cierto modo, era divertido ver como el polvo se iba. Pero aquel día yo estaba molesta y me negaba a trabajar.  

Cuando me enfadaba siendo una niña, solía recurrir a tumbarme sobre una mesa, normalmente de cristal. Me apoyaba sobre ella, marcando las manos y las mejillas. Y me negaba tanto a moverme como a hablar. Era un mueble más.  

Así protestaba. Haciendo saber a mis padres que era un mueble y que, por lo tanto, no podían pedirme que hiciera nada. 

Esa mañana, había oído hablar a mis padres sobre tener otro niño. Y decidí protestar. En aquel entonces no podía imaginar cómo sería tener un hermano. Solo tenía las anécdotas que contaban mis amigas en el colegio. 

Según decían, un hermano pequeño era una especie de vampiro. Nunca había temido ni a los vampiros ni a la sangre. Siendo muy pequeña me hice un corte profundo en la mano, y el médico que me dio puntos se impresionó de que no llorara ni protestara. 

Pero sí temía a algo que lentamente, como hacían los vampiros, chupara el cariño de mis padres.  

Recuerdo que ese domingo por la mañana sonaba música en la radio. Mis padres habían sintonizado un canal donde ponían grandes éxitos del pasado. Cuando me convertí en mueble, la canción que sonaba era «mi primer millón´´. 

Mi madre llevaba un vestido estampado de flores. Al contrario que mi padre, ella nunca me regañaba. Tenía sus pequeños trucos, como volverse también un mueble y tumbarse a mi lado mirándome. 

Hasta que una de las dos acababa riéndose, y el enfado se me pasaba. Después, veíamos juntas como las marcas de nuestras manos y mejillas en el cristal se iban haciendo cada vez más pequeñas hasta desaparecer.  

Pero ese día hizo algo distinto. 

La recuerdo bailando. Los pliegues de su vestido acompañaban sus movimientos rítmicamente, y por un momento las flores que llevaba estampadas cobraban vida hasta el punto de que podías imaginarte caminando por el prado donde estaban plantadas. 

Me cogió de las manos, y me apartó de la mesa. En mi empeño por demostrar que era la niña más enfadada y herida del mundo, intenté resistirme y actuar como un auténtico palo que no se contagiaría del ritmo que salía de la radio. 

Pero mi madre no se rendía, y pronto comprobé que la música era lo que tenía menos poder allí. Era un día soleado, y todas las ventanas de la casa estaban abiertas. La luz entraba por ellas, y las motas de polvo flotaban en el aire.  

Por toda la casa, como un eco, se extendía la historia del hombre que iba a comprar una casa grande donde cupiera el corazón de una mujer sin nombre.  

No recuerdo en qué momento me eché a reír. Puede que fuese al levantar la vista de mis pies, que hasta ese momento había considerado lo más interesante del mundo, y ver la cara sonriente de mi madre.  

Me dejé llevar, y bailé junto a mi madre hasta que, entre risas, nos abrazamos. Bailamos cogidas de las manos, expulsando la tristeza con cada movimiento. Una atmósfera cálida entró en mí y me hizo sentir que estábamos solas en el mundo. 

Cuando quise darme cuenta, ya no era un mueble. Era una niña que soñaba con tener su primer millón. 

II 

Dicen que hay cosas que sólo suceden una vez en la vida. La muerte de una madre es una de ellas.  

Recuerdo el tanatorio, situado en un polígono industrial de Cuenca. Llovía, y las gotas resbalaban por el panel de un enorme cristal en el último piso. Visto a través de este, el barrio adquiría una extraña y húmeda textura. Era como mirar un sueño. 

El velatorio de mi madre tuvo lugar en una sala situada al fondo de ese último piso. Esperé con mi padre y mi hermano, que era un bebé. Yo tenía catorce años.  

No quise ver a mi madre. Había muerto sin sufrir, o eso decían. Pero su rostro, tras golpear contra el parabrisas del coche, ya no era el mismo pese a los esfuerzos por maquillarla. Mi padre entró a despedirse. Yo no. 

Tampoco le pregunté si la veía en paz. Preferí recordar a mi madre como la mujer que había vivido con nosotros hasta el accidente de coche. No como un cuerpo metido en una caja. 

Recuerdo el sonido de los pasos en el largo pasillo. Habíamos decidido hacer el velatorio en Cuenca porque mi madre tenía mucha familia allí, y les era más cómodo que desplazarse al pueblo. Los pasos siempre anunciaban la llegada de los que venían a decir adiós. 

Después, los reencuentros que solían terminar en lágrimas. Los abrazos que me apretaban junto a sus cuerpos como si temieran que yo también fuese a desvanecerme. Los besos en las mejillas, que rompían por unos instantes el silencio.  

Y la espera. Aislados del sonido de la lluvia como si estuviéramos en una pecera, mi familia y yo pasamos el día esperando. Esperando los pasos de nuevos visitantes. Esperando llamadas de personas que acababan de enterarse. Esperando el inicio de la misa.  

En medio de la espera, intenté recordar qué hacía en el momento en que había muerto mi madre. Podría haber estado dando una de esas clases que me aburrían, y que intentaba pasar de forma más amena dibujando en mi cuaderno. 

O en el recreo. O fumando entre tosidos para hacerme la mayor. O vacilándoles a los chicos de cuarto para ver si alguno se fijaba en mí. 

No podía saberlo. Pero siempre había oído que cuando perdías algo muy importante podías sentirlo. Como un vacío repentino, o una pieza que se perdía en el puzle del universo. Ahora, sin embargo, sabía que era mentira. 

Porque no sentí nada. Y, cuando pensaba en ello, el silencio que me rodeaba en el velatorio se me hacía insoportable. 

Mi hermano lloraba, y eso me dio una excusa para salir un momento. Me quedé junto a la entrada del velatorio, con el carro en el que iba mi hermano muy cerca de mí. Un techo de cristal nos protegía de la lluvia, que veíamos caer ante nosotros. 

Pensé en mi paraguas, que era de color amarillo y no tenía tela sino un plástico transparente a través del cual se podía ver el cielo. Mi madre solía decir que la gente optimista usaba ese tipo de paraguas porque así siempre podían ver lo que tenían encima. 

Incluso en los días lluviosos.  

Mi hermano se había calmado, así que estaba sola con el sonido de la lluvia. Pensé que cuando todo acabara cada uno de nosotros simplemente volvería a casa e intentaría seguir adelante como pudiera.  

El mundo era demasiado grande para pararse por mi madre. 

Cada vez que veía entrar a alguien, me preguntaba a quién vendrían a ver y, sobre todo, qué preguntas les harían si pudieran. Ese tipo de preguntas de las que solo nos acordamos cuando ya no podemos hacerlas. 

En mi caso eran tantas que me costaba concretar una. Qué estudiaría al acabar el colegio, a qué universidad iría o qué trabajo tendría. Si me iría un día a vivir a Madrid o me quedaría en el pueblo como mi madre. 

Si algún día me parecería a ella.  

Mi vida, que estaba empezando en el momento en que la de ella había terminado, era parecida al espacio en esos momentos. Sin un centro de gravedad que la atase a la tierra y le diese sentido.  

Una página en blanco por escribir. 

Fue entonces cuando mi tío llegó al tanatorio. No me reconoció, pero eso no era extraño. Hacía mucho que no me había visto y nunca estuvimos muy unidos, pero sé que para mi madre él había sido muy importante, aunque acabaron distanciándose. 

Su paraguas era de tela, así que no podía ver el cielo. Su cara no mostraba una emoción clara. Imaginé sus pasos en el pasillo que llevaba al velatorio, y a él caminando de espaldas. Pero seguía sin poder ver su cara. 

Seguía sin saber qué sentía. Seguía siendo un misterio para mí. 

Su presencia, de alguna forma, me reconfortó. Él era una de las personas que habían estado más próximas a mi madre. A veces le recordaba con una sonrisa fugaz que no quería explicar cuando le preguntábamos por ella. 

A veces se perdía en un laberinto de recuerdos al que accedía gracias a objetos que para los demás no tenían significado, como un viejo esqueleto de juguete que encontramos un día haciendo limpieza en casa y que ni ella misma sabía que guardaba. 

Me sentí próxima a mi tío por primera vez. Porque yo también me perdía en recuerdos cuando pensaba en mi madre. Y, si descifraba los que una vez les habían unido, estaría más cerca de comprender quién había sido ella.  

Fue así como empezó. Un encuentro entre dos personas atadas al pasado. Dos opiniones diferentes sobre mirar hacia arriba y ver el cielo en los días de lluvia. Dos páginas en blanco. 

Un encuentro que nunca debió suceder. 

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