Cortos de tinta: «Simulatio´´ (Capítulo 9)

Capítulo 9: El vacío

Ana sintió que ocurría algo extraño desde por la mañana, cuando se cruzó con Juan en uno de los pasillos.

Aunque de forma breve, encontró a un viejo conocido en el fondo de su mirada. Uno que esperaba, agazapado, el momento de lanzarse sobre su presa.

Al menos, eso era lo que había ocurrido con su amiga Esther.

Cuando ella se ofreció voluntaria para el programa, este se encontraba en una fase muy avanzada. Los durmientes no se convertían en huéspedes de la isla como sí lo harían más tarde, sino que la visitaban de forma temporal.

Algunos lograban readaptarse a la vida en la península. Otros no.

Cuando Esther regresó, era ella solo en apariencia. Solo pequeños detalles que pasaban inadvertidos para quienes no la conocían muy a fondo revelaban el cambio que se había operado en esos meses.

Uno de ellos, y esa fue la razón por la que Elena se acordó de ella esa mañana, tenía que ver con la mirada.

Su forma de ver las cosas, o más bien de no verlas, o más bien de verlas como si fueran objetos distantes, lejanos. Su forma de reír sin que su risa sonase cercana, como si le faltara ese matiz que le aportaba calidez.

Una parte de ella añoraba volver a la simulación. Fuera de esta, el mundo le resultaba demasiado grande. Demasiado ruidoso, y caótico. Ana pasó con ella los últimos meses antes de su suicidio, intentando aportar una mano amiga a la que pudiera agarrarse.

Su único consuelo cuando todo terminó fue la satisfacción de haber hecho lo que como amiga estaba en su mano.

Pero nunca pudo perdonarse haberla dejado ir a la isla. Sobre todo, porque, desde que ella también había ido, estaba empezando a entenderla mucho mejor de lo que le gustaría.

Quienes iban allí estaban faltos de algo. Muchos, de futuro. Otros de alma. Otros, una mezcla de ambas cosas.

Nunca llegó a saber cuál de ellos era Esther. Entre otras cosas, porque nunca llegó a pensar en ella como un ser humano que pudiese tener carencias. Para Ana, era su amiga, la que representaba los mejores años de su vida.

Un símbolo. Un pedazo del que ahora su mundo estaba falto.

Si hubiera pensado en ella como algo más que esa voz que siempre escuchaba al otro lado del teléfono o en un audio cuando necesitaba apoyo, tal vez no se habría sentido falta de algo, lo que fuese, y no habría ido a la isla.

Nunca le contó lo que vio en las simulaciones. Cuando le sacaba el tema, se quedaba en silencio, con la mirada perdida. En calma. Extrañamente feliz. Probablemente, con su cerebro recreándose en lo que fuera que la isla le daba y había dejado atrás.

Una cosa era segura: no estaba con ella. No estaban ya en el mismo plano de realidad.

Cuando murió, la odió por eso. Al igual que muchos jóvenes de su generación, Esther no pudo trabajar en lo que había estudiado, ni independizarse. Pero gracias a la empresa de su padre tenía al menos un puesto de trabajo.

Ana se preguntó muchas veces por qué, teniendo una vida estable y unos padres que se preocupaban por ella, decidió matarse. La culpó una y otra vez por ser tan egoísta, sin entender al principio que en realidad solo la culpaba por haberse ido y haberla dejado a ella.

Incluso entonces, tras su muerte, seguía pensando en lo que aportaba a su vida, no en ella como persona. Cuando lo comprendió, se inició la segunda fase del duelo.

Aquella en la que pasó a odiarse a sí misma.

Cuando llegó a la isla, sintió que el círculo se cerraba en una última fase. Una en la que ella estaba reconciliándose con Esther convirtiéndose en ella. Entendiendo el poder de la isla, y lo que hacía en las mentes de quienes estaban faltos de algo.

De algún modo, la isla encontraba esa pieza que faltaba en el puzle vital de cada persona, y lo completaba. Lo completaba al precio de crear adictos.

Mientras caminaba entre los otros durmientes, sabía sin necesidad de preguntar que ninguno de ellos renunciaría a lo que allí le daban. Ninguno regresaría a ese mundo que, como Esther, comenzaba a parecerles que iba demasiado deprisa.

Aquella era su generación. Una generación sin lugar en el mundo. Sin lugar en la historia. Habían entregado las armas, y lo habían hecho sin resistencia.

Lo peor era que no podía culparles. Ni siquiera a ella, pensó. Ni siquiera a Esther.

Los primeros días trató de centrarse en su misión para distinguirse de ellos. Para recordarse a sí misma que ella sí tenía un propósito, y no había ido allí por el mismo motivo que los demás. Pero, ¿era eso cierto?

Recordó lo que las simulaciones le habían mostrado. Esther en la piscina. Esther en las fiestas del pueblo. Esther pintándose las uñas con música de fondo en la casa del pueblo. Esther comiéndose una pizza con ella tras graduarse en el instituto.

En todas ellas, era la verdadera Esther. La que no tenía el vacío en la mirada.

Su vida comenzaba a desdoblarse. En el mundo consciente, era una infiltrada con una misión que cumplir. En la simulación, solo una chica normal que no se preocupaba por el futuro, y solo vivía el presente.

La segunda era la versión de sí misma que aparecía en todos sus recuerdos felices.

Por esa razón, debía recordarse cada día por qué la misión era importante. Debía encontrar una razón para no volverse adicta de ese mundo adolescente donde todo era más fácil. Donde no había dolor. Ni reproches.

Pero, ¿la había realmente? ¿Por qué estaba allí? ¿Quería salvar a alguien? ¿A quién, a Esther o a su generación? ¿O solo quería dejar de odiarse a sí misma?

En el fondo, pensó, quizás seguía siendo una adolescente egoísta. Una que estaba enfadada con el mundo por haberle quitado lo más importante de su vida antes de aprender a vivirla.

Le quedaba un consuelo. Esther empezaba a aparecer ante ella no como un símbolo ni como alguien idealizado, sino como una persona con la que empezaba a mimetizarse inquietantemente.

Hasta el punto de que a veces, cuando cerraba los ojos, sentía miedo de desaparecer engullida por ese mismo vacío.

Fue por eso que tomó la decisión. Aquel día, iría a por la dinamita.

Decidió hacerlo por la tarde, a la hora en la que el sol empieza a ser engullido por el mar. En ese momento, era cuando menos gente solía estar paseando, y también la vigilancia era menor.

No tenía miedo de que la dinamita se mojara. Aunque la cueva donde la habían ocultado se encontraba a nivel del mar, la marea no solía subir tanto en ese lado de la isla. Las olas rompían contra las paredes adyacentes sin entrar en la cueva.

Sin embargo, no contaba con que Cecilia se le uniría.

Pese a que habían mantenido un contacto fluido desde que llegaron juntas a la isla, no solían ir de paseo a la vez. Aquel día, sin embargo, ella se lo propuso y Ana no fue capaz de rechazar la oferta.

Contaba con que en algún momento su compañera se cansaría. No solía pasar mucho tiempo en compañía de otros, y era una de esas personas que parecían preferir la soledad. Pero aquel día, en cambio, no parecía querer volver sola.

Se sentaron en la roca de un acantilado, mirando el mar. Ana pensaba en la luz, que se fugaba por momentos, y en la entrada de la cueva. En cuanto a Cecilia, no le resultaba posible saber en qué estaba pensando.

Su mirada se perdía allí donde terminaba el mar. La mayor parte del tiempo era Ana quien mantenía la conversación. Le resultaba fácil, ya que siempre había sido una persona más habladora.

Además, lo interesante de hablar con Cecilia era justamente que hablaba poco, pero escuchaba mucho. En su mirada y sus silencios había una extraña calidez que hacía a la otra persona sentir reconfortada.

El problema era conseguir ser una de las pocas personas a las que dejaba entrar en su laberinto emocional.

Para Ana era agradable tener aquello, como una tabla de salvación en medio de un mar embravecido. Además, su amiga siempre parecía saber qué hacer, decir o no decir para que la otra persona sintiera que se libraba de una carga, o al menos se le hacía más ligera.

Muchas veces se preguntó de dónde venía esta habilidad suya para leer a las personas. Parecía no haber una única Cecilia, sino diferentes versiones que se desplegaban em función de las necesidades de quien tenía delante.

Esto la hacía sentir pequeña en comparación. Ella no tenía esa habilidad para leer a otros. Prefería que la leyesen. Ya le pasó con Esther, y recordarlo hacía que se sintiera egoísta. Sabía recibir, pero no dar.

Se sentía incompleta. Eso era lo que menos le agradaba de hablar con Cecilia.

Otras veces también se preguntaba si esa actitud de su amiga, la única que había conseguido hacer en la isla, se debía a que estaba escapando de sí misma. Sus silencios y su mirada parecían esconder a veces secretos que a los demás solo dejaba entrever.

Aquel día, mientras miraban al mar, tuvo esa sensación. Se preguntó si solucionar los problemas de los demás no era más fácil que afrontar los propios.

Se preguntó si su amiga, a su manera, también huía.

-Se come bien aquí, ¿verdad? – le preguntó mientras el atardecer daba paso a la hora azul- Es una de las cosas que más me gustan de la isla. Buena comida, buenas raciones.

-Sí. Exceptuando la tortilla, que la neta está de hueva, lo demás sí.

Ana se sintió mal en su fuero interno por aquella conversación. Cecilia era la única persona de la isla a la que había hablado, aunque fuese vagamente, de Esther. Hablar con ella era sencillo, las palabras parecían salir solas.

Sin embargo, aquel día existía una barrera que las separaba. Ana no podía hablarle de su misión. Era demasiado arriesgado. Aunque se había acostumbrado a mentir al resto de internos, e incluso a veces a sí misma, con su amiga era distinto.

Con ella sentía que podía ser un poco ella misma en todo. En todo menos en eso.

Tener que guardar un secreto provocó que la conversación derivase en temas triviales. A cada segundo que pasaba, peor se sentía y más difícil le resultaba encontrar una excusa para separarse de ella e ir a la cueva.

Entonces, en medio del sonido de las olas rompiendo contra los acantilados bajo sus pies, Cecilia habló.

-Oye, ¿ese vato no es Juan?

Siguiendo la dirección del dedo de su amiga, Ana le vio. Estaba de pie frente a un saliente del acantilado que se hallaba unos metros por debajo del suyo, a la izquierda de este. Observaba el mar, su silueta fundiéndose en el naranja del atardecer.

Recordó su mirada de esa mañana, y se sintió mal por no haber pensado más en ello. Al fin y al cabo, se dijo para justificarte, ella no había tenido apenas relación con él.

Pero en ese momento, una imagen fundió presente y pasado en un solo instante. Esther de pie, contemplando el río al que acabó arrojándose. Esther, sus coletas al viento, fundiéndose con el mismo infinito del que deseaba formar parte.

Sin darse cuenta, echó a correr con Cecilia siguiéndole los pasos.

Cuando llegaron a su altura, Juan seguía de pie. Se volvió hacia ellas, y a su rostro se asomó una expresión parecida a la vergüenza. La de quien había sido descubierto en un acto que pretendía íntimo. Su último acto.

Ver confirmadas sus sospechas sin necesidad de palabras le dio fuerzas para hacer lo que hizo a continuación.

-¿Eres imbécil?- dijo, y le soltó una bofetada que sorprendió a todos, a ella la primera- ¿Qué querías, matarte?

Juan se quedó mirándola mientras se llevaba una mano a la mejilla que había recibido el impacto. En sus ojos, por encima del dolor o la humillación, predominaba la sorpresa ante tan airada reacción de alguien a quien apenas conocía.

Pero, gracias a eso, volvía a haber vida en ellos. No solo vacío. Envalentonada, Ana siguió.

-¿Y tu familia? ¿Y tus amigos? Qué fácil es, ¿verdad? Matarte tú y no pensar en lo que dejas atrás. Solo saltas y dices: que os follen.

Cecilia la detuvo poniéndole una mano en el hombro. La respiración de Ana había aumentado de velocidad y su rostro estaba enrojecido. Una nota de dolor se dejaba entrever en su voz y sus ojos luchaban por contener las lágrimas.

Al igual que Juan, que seguía sin hablar, sintió que un espacio íntimo había sido invadido. Porque quien había hablado, los tres lo intuían, era su propio dolor.

Durante los instantes siguientes, ninguno habló. Las olas, indiferentes, seguían rompiendo, y la hora azul cayó sobre ellos. Bajo su influjo, el mar se veía tan azul y frío como el vacío en los ojos de Juan minutos antes.

-Creo que mejor nos volvemos- dijo Cecilia, rompiendo el silencio y mirando al chico con intención- Todos.

Nadie contradijo sus palabras. En la hora azul que precedía a la noche, los tres emprendieron el camino de regreso. Ana cerraba la marcha, pensando en la cueva en cuyo interior la dinamita seguiría durmiendo.

Por el momento.

Los tres pasaron un rato, el que les separaba de la cena, en la habitación de Juan. Hablaron de sus experiencias en la isla, y con las simulaciones.

Sin embargo, sabían que lo hacían para evitar hablar del elefante en la habitación. Pero, sobre todo, para evitar dejar solo a su compañero.

Ana fue al baño a refrescarse la cara. Empezaba a sentirse menos molesta por haber perdido la oportunidad que esperaba. Lejos de sentirse desanimada, había encontrado otro motivo para odiar a los responsables del proyecto.

Recordó que, cuando Esther se mató, trataron de silenciar el suceso en los medios. Gracias a algunos foros, pudo enterarse de que otros habían corrido la misma suerte. Ellos fueron el motivo de que los durmientes pasaran a residir en la isla de forma permanente.

Se preguntó qué habrían hecho en caso de haber consumado Juan sus intenciones. Probablemente ocultarlo, devolver su cuerpo a la península para que la familia lo enterrara. Pero presentándolo como anécdota ante un aluvión de buenos resultados.

Vidas que no importaban, abandonadas en la cuneta. Cerró el grifo del agua porque esta le hacía pensar irremediablemente en el rio al que se arrojó Esther. Pensó que un día, uno que llegaría pronto, cerraría el experimento.

Cuando salió del baño, encontró a Juan llorando.

A su lado, Cecilia le observaba en silencio. Acabó colocándole una mano en un hombro y apretándoselo suavemente para reconfortarle.

Ana tuvo sensaciones encontradas. Por un lado, era un llanto que movía a la piedad. Pero, por otro, había algo extrañamente liberador en él. Como cuando la suciedad se desprendía de un cuerpo durante una ducha.

Al acabar, el vacío ya no estaba solo en su mirada. Lo acompañaba un brillo de humanidad.

-¿Mejor?- preguntó Cecilia, y para confirmar sus sospechas Juan asintió. Ana volvió a sorprenderse de las habilidades de su amiga para leer a las personas, y saber cómo aproximarse, o no aproximarse, a ellas.

-Estaremos por acá si quieres platicar- añadió, y poco después ambas se dirigieron al comedor.

Durante la cena, vieron a Juan. No se sentó con ellas esa noche, pero cruzaron una mirada y pudieron confirmar las sensaciones que habían tenido en la habitación. Comió en silencio, y se marchó de los primeros.

Fuera, estalló una tormenta. Cecilia y Ana se quedaron observando uno de los ventanales, en el que las gotas repiqueteaban produciendo un sonido casi musical. En el exterior, una tromba de agua barría la isla.

Una extraña sensación las recorrió a ambas mientras presenciaban el espectáculo de la naturaleza. Tenía algo bello que impulsaba a seguir mirando. Había belleza en la idea de una tormenta que limpiaba todo, y le permitía al mismo tiempo renacer.

También, algo terrible. Ana se estremeció al pensar en el mar que, seguramente, estaba embravecido a esas horas. También en el cuerpo de Juan, que habría sido engullido en caso de haber saltado, sin posibilidad de ser recuperado.

Como si nunca hubiese existido. Aunque apenas le conocía, pensar en ello le resultó terrible.

-¿Por qué crees que lo hizo?- preguntó, descubriendo que hablar de ello le generaba una sensación extrañamente reconfortante. Como si se sintiera un poco más viva en presencia del vacío.

-No lo sé. Pero creo que las simulaciones le afectaron.

Ninguna de las dos se había atrevido a preguntárselo directamente a Juan. Al menos, Ana no se atrevió. En el caso de su amiga, no estaba segura de que ese fuera el motivo. Quizás, simplemente, supo que necesitaba espacio para lidiar con ello.

Fuera lo que fuera.

-Te envidio- siguió diciendo Ana- ¿Cómo puedes seguir tan entera? O sea, los demás están perdiendo la cabeza. Poco a poco. No al nivel de querer matarse, pero se alejan de la realidad. Tú, en cambio, estás igual. ¿Cómo lo haces?

Silencio. La lluvia siguió golpeando con insistencia y furia el cristal.

-Pensé que tú saltarías- dijo de pronto Cecilia, cogiendo a su amiga por sorpresa- Por eso te acompañé hoy.

Durante un momento, Ana no supo qué decir. Se dio cuenta por primera vez de que los ojos de Cecilia también mostraban algo especial. No era el vacío, sino algo diferente. Una especie de serena tristeza que los hacía bellos a su manera.

-Sé que hay algo que no me cuentas- continuó, adelantándose a la respuesta de Ana- Y está todo bien, tienes derecho a guardar tus secretos. Por eso te pido que respetes, aunque no lo apruebes, que yo guarde los míos.

Las dos chicas se miraron a los ojos durante un momento. Entre ambas se creó una corriente de mudo entendimiento, y Ana se sintió un poco mejor. Ya no se sentía culpable por ocultar una parte de sí misma, pues las dos tenían sus secretos.

Y, aunque nunca llegasen a conocerse del todo, aquello equilibraba su relación en cierto modo.

-Nos vemos mañana, ¿sí? – dijo de pronto Cecilia mientras empezaban a retirar las bandejas del comedor.

-Vale- contestó Ana, y una sincera sonrisa se asomó a sus labios- Nos vemos mañana.

Aquella noche, mientras miraba el mar desde la ventana de su habitación, Ana visualizó la cueva que contenía los explosivos. Lo que había estado a punto de ocurrir con Juan solo era, presentía, el aviso de más cosas sombrías aún por suceder.

Por tanto, su misión se hacía más necesaria a cada minuto que pasaba. Debía llevarla a cabo mientras aún conservara la cordura. Mientras el recuerdo de Esther, su sombra y fantasía, no desplazaran a la realidad que podía ver y tocar.

Pero, ¿cómo resistir una vez estuviese dentro de la cúpula? ¿Cómo impedir que aquella mirada violeta penetrara más allá de su máscara, y leyera todos sus secretos para después materializarlos?

Tú también, parecían decirle cada vez que se encontraba con ellos. Tú también deseas desconectarte. Como están haciendo los demás. Como desean todos los que vienen aquí.

Como hizo Esther, y a este pensamiento le acompañó el sonido de su cuerpo golpeando contra la superficie del agua.

De camino al baño, su pie golpeó una pared, devolviéndola a la realidad. La puerta, como descubrió al encender la luz, estaba unos centímetros más allá.

Echó un vistazo a la habitación, y reflexionó acerca de como esta se asemejaba a los secretos que cada persona guardaba dentro. A cómo cada uno poseía su propia habitación interna, un espacio privado donde poder ser uno mismo.

Uno que no se mostraba a los demás. O solo a invitados selectos.

Apagó de nuevo la luz, y pensó en cómo los objetos parecían perder las características que los definían en medio de la oscuridad. Como los pensamientos. Encerrados en un espacio privado donde no llegaba la luz.

Sin embargo, las barreras seguían existiendo. Al igual que la pared contra la que su pie se había chocado, había espacios que incluso sin luz se mantenían en su forma original, definiendo lo indefinible.

Dando forma al vacío del que todos en aquella isla parecían llevar un pedazo en la mirada.

Fue así como se le ocurrió por primera vez la idea de levantar una barrera en su mente.

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