Cortos de tinta: «Agua y fuego´´ (Continuación historia de las hadas)

Capítulo 3: «Agua y fuego´´ 

El hada volaba lo más rápido que sus alas le permitían. Bajo ella, la línea de la pequeña carretera que atravesaba montañas y llanuras en dirección al pueblo se retorcía como un confuso laberinto. Al igual que los últimos acontecimientos ocurridos. 

En cuanto vio las nubes de tormenta que, como una cúpula, cubrían el pueblo, supo que no eran producto de la naturaleza. La mayor intensidad que la lluvia adquirió cuando se acercó no hizo sino confirmárselo.  

Intentó entrar en el pueblo, pero un rayo impactó junto a la entrada de este, pasando muy cerca de ella. Sin embargo, no iban a poder con ella tan fácilmente. No después de haberle dado su palabra a Sara de que averiguaría lo ocurrido con su amiga, la guerrera del fuego.  

Manteniéndose a una distancia prudente en el aire, empezó a invocar mediante rezos a los poderes del aire para que alejaran la tormenta. Sería lento, pero no contaba con otro remedio que acabara con el problema sin llamar la atención de los elementos. 

«Espero que no sea demasiado tarde´´, pensó mientras rezaba. 

-Los teléfonos no funcionan- dijo Carlota, que había hecho pasar a Daniela para que se refugiara de la lluvia- ¿Qué le ha pasado a tu familia? -. 

-Se han quemado- dijo la chica en un tono que sorprendió a la otra. La observó extrañada porque no recordaba haberla visto nunca por el pueblo, pero sobre todo por la actitud que tenía desde que entró. Parecía estudiarla como quien mira a una presa que se dispone a cazar. 

-Pero ¿cómo ha ocurrido? -.  

– ¿No lo sabes, guerrera del fuego? -. 

En ese momento, una corriente de entendimiento surgió entre las dos enemigas. Carlota se inclinó ligeramente hacia la puerta, sin perder de vista a la recién llegada.  

-¿Quién eres tú?- dijo, y a modo de respuesta la otra solo curvó ligeramente los labios, produciendo una sonrisa inquietante.  

-Corrientes, ¡venid a mí!- dijo, y una corriente de agua surgió del suelo cubriéndola brevemente. Cuando se retiró, seguía siendo una chica con un vestido azul, pero ahora tenía alas y unos pies con forma de aletas. De sus orejas colgaban pendientes en forma de concha.  

Al verla, Carlota se sintió transportada al pasado. Sin duda era una náyade como también lo fue brevemente Laura, y en ese momento creyó ver a su amiga justo delante de ella una vez más. Aquellos segundos de confusión fueron aprovechados por su enemiga.  

La mano de la chica se transformó en un enorme puño de hielo y, de un golpe en las costillas, derribó a Carlota. Esta se quedó en el suelo, llevándose la mano al lugar donde recibió el golpe e intentando recuperar el ritmo normal de su respiración. 

-Transfórmate- dijo Daniela con una gran frialdad sin dejar de alzar su puño helado a modo de amenaza- No quiero matarte con esta forma-.  

La chica empezaba a notar que su tormenta se estaba desplazando lentamente, y eso solo se podía deber a la presencia de otra hada en los alrededores. La prisa que se habían dado para detenerla de nuevo la ponía de los nervios, pero no estaba dispuesta a mostrárselo a su enemiga.  

Aún contaba con unos diez minutos antes de que la tormenta fuera despejada.  

Carlota pensaba en formas de ganar tiempo. Aún conservaba su amuleto de transformación, guardado en un cajón de su armario en la habitación. Pero no se había activado en todos esos años, y no parecía probable que lo hiciera entonces. 

Sin embargo, si se lo confesaba era probable que la matara directamente así que probó otra estrategia.  

-Primero dime quién eres-.  

– ¿Te crees en posición de exigir? -. 

-No. Pero si tengo que luchar, quiero saber con quién-. 

En ese momento, para su sorpresa, algo parecido a la admiración cruzó brevemente el rostro de Daniela. 

-Has hablado como una auténtica guerrera del fuego- dijo- Lo importante no es quien soy yo, sino mis padres. Murieron por vuestra culpa, y os lo voy a hacer pagar. Así que, por última vez, transfórmate-.  

Carlota se había recuperado ligeramente del golpe, y desde el suelo estudiaba a su enemiga. Pese a sus poderes no aparentaba más edad que ella cuando se transformó en hada, y tal vez si la embestía con todas sus fuerzas podría derribarla. Pero ¿cómo lograr que bajara la guardia? 

-Necesito mi amuleto- dijo de pronto- Está en mi cuarto-.  

Con la cabeza, señaló el pasillo. La otra no reaccionó, y parecía distante. Aunque Carlota no fue consciente en ese momento, el ritmo y la intensidad de la lluvia sobre el tejado estaba disminuyendo. La luz del exterior que entraba por la ventana era ligeramente menos gris. 

La chica volvió a apretar su puño helado. Observó a su enemiga y pensó en lo fácil que sería reventarle la cabeza en ese momento y acabar. Fácil y rápido, se dijo. Pero había algo que no encajaba, y en su fuero interno lo sabía. 

No es un hada, se dijo. Y su instinto asesino no se vería aplacado salvo que la matara en su verdadera forma.  

-Vamos- dijo, señalando al pasillo- Si intentas algo, estás muerta-. 

Pero Carlota no la dio tiempo de reaccionar. Se había colocado en la misma posición que usaba antes de las carreras en educación física para salir la primera cuando dieran la señal y en aquel momento, casi como si escuchara la voz de la profesora, echó el cuerpo hacia delante y cargó contra la otra.  

La chica se vio sorprendida, y el peso del cuerpo adulto de su rival la hizo caer al suelo. Carlota se abalanzó rápidamente sobre ella para inmovilizarla centrándose en el puño de hielo, y por un momento la pasión del fuego volvió a brillar en sus ojos.  

Daniela lo supo cuando su mirada se cruzó con la de ella, y la antigua corriente de rivalidad que existía entre las dos razas de hadas flotó invisible en el ambiente dispuesta a continuar a través de ellas dos.  

La chica volvió a sonreír de forma inquietante, y para sorpresa de su enemiga su cuerpo se transformó en agua, y se disolvió. Rápidamente, el charco que formó en el suelo se desplazó al costado de Carlota, y volvió a formar el cuerpo de la náyade.  

El puño de hielo golpeó a Carlota en el mismo lugar, con tanta fuerza que las costillas crujieron y su enemiga sintió una intensa felicidad. Después de aquella jugarreta tan poco propia de un hada, no sentía tantas dudas a la hora de rematarla. 

Dolorida, derribada y sin poder respirar, aquel no era destino para una orgullosa guerrera del fuego, pensó. La muerte sería un favor.  

-Pensé que bastaba con encerraros. Me equivoqué- dijo, y sintió como el hielo del puño se solidificaba más quedando listo para el golpe definitivo.  

La ventana estalló, enviando hacia ellas una lluvia de cristales de la que Daniela se tuvo que proteger con el hielo. Una corriente de aire la empujó violentamente hacia la pared, y el hada entró en la casa, espada en mano, fulminándola con sus ojos azul eléctricos. 

-Daniela, este es tu último aviso- dijo sin perder de vista a su enemiga, que se recuperaba del golpe de la corriente- O cesas en tu ataque a nuestro pueblo, o serás completamente destruida-. 

Carlota aprovechó el momento para ponerse de pie. Se sentía como nunca lo había hecho desde el verano en que fue un hada. Si ellas habían vuelto, ¿significaba que su anillo había recuperado el poder del fuego? 

Intentó calcular la distancia que la separaba de la habitación, y se dijo que valía la pena averiguarlo.  

-Como amenaza las he oído mejores- dijo Daniela con un tono peligroso- Ya he estado muerta y no es tan malo. Te invito a probarlo-.  

La chica lanzó tres cuchillas de hielo que había producido en su mano mientras escondía está en la espalda. Aquello pilló por sorpresa al hada que, usando una agilidad propia de las corrientes de aire, esquivó dos de ellas. Pero la tercera le acertó en el hombro, dejándola clavada en la pared.  

Carlota no llegó a ver lo ocurrido porque aprovechó el momento para echar a correr hacia la habitación. Daniela la observó sin perder de vista al hada, que no podía moverse.  

-Espera tu turno- dijo después de presionar la cuchilla para que se hincara un poco más en la carne de esta. La expresión de dolor que a esta se le escapó hizo que sonriera de forma sádica antes de ir a buscar a la otra a la habitación. 

El hada se concentró en pedir ayuda a los vientos, y una espada se formó en su mano. Rápidamente, cortó con ella la cuchilla que la unía a la pared y quedó libre. Su enemiga se giró para mirarla, y ella dirigió el filo del arma hacia ella. 

-Primero lucha conmigo- dijo, y una nueva corriente entró por la ventana, agitando el pelo de ambas. Daniela hizo brotar dos nuevas cuchillas de hielo en sus manos. 

-Vamos, vamos- dijo Carlota, que había sacado el anillo del cajón, y trataba por todos los medios de activarlo, pero no sabía cómo ni recordaba de qué manera lo había conseguido la primera vez. De hecho, cuando se lo dieron ya estaba activado.  

Un fuerte sonido a su espalda la hizo girarse. El hada había sido lanzada contra un armario de la habitación. Con trabajo, se puso de pie y en el último momento logró cortar en el aire la nueva cuchilla que le había lanzado su enemiga.  

Cuando esta entró en la habitación, Carlota sintió el enorme poder que emanaba de ella. ¿Cómo podía tener tanta fuerza aquella chica? Un chorro de agua helada salió de su mano y creó una coraza de hielo que dejó al hada inmovilizada en el lugar donde la lanzó. 

Sin apartar los ojos de la humana, le puso una daga en el cuello a la otra, que no podía moverse.  

-Transfórmate- dijo, y su voz tenía un tono inequívoco de ultimátum.  

-No sé cómo hacerlo- respondió con un hilo de voz, pues gotas de sangre azul empezaban a correr por el cuello del hada en el lugar donde la daga estaba apoyada. 

-Una lástima. Serás la última-.  

Justo cuando iba a rematar al hada, esta se redujo de tamaño y, convertida en una mujer diminuta, se libró del hielo y empezó a revolotear por la habitación, atacando a su enemiga sin darla tiempo a pensar. En uno de sus ataques, logró clavarle su ahora pequeña espada en el hombro.  

Daniela hizo un gesto de dolor que el hada se tomó como una venganza y, aprovechando mientras la otra se sacaba la espada, empezó a liberar un polvo dorado por la habitación que cayó sobre Carlota, impregnándole la piel.  

Ella sonrió porque en ese momento se vio transportada a su infancia, justo el día del eclipse. Su enemiga logró sacarse el arma, pero ella no iba a desaprovechar esos segundos. 

– ¡Que el fuego despierte! – gritó, y la temperatura de la habitación subió tanto que el hielo que había atrapado al hada quedó derretido. Una vez la onda expansiva de calor fue disipada, Carlota flotaba unos centímetros sobre el suelo transformada, después de todos esos años, en una salamandra.  

La chica sonrió al ver su cuerpo lleno de aquella añorada energía. Todas sus inseguridades, su soledad y las decepciones que había sufrido en la vida desaparecieron derretidas por el calor que emanaba de su ser, haciéndola sentirse capaz de todo. 

Incluso el dolor de las costillas había remitido. 

Daniela se llenó aún más de ira. La visión de alguien del pueblo que asesinó a sus padres la alteró mucho más de lo que pensaba. Y ella no luchaba tan bien cuando las emociones la desbordaban.  

La otra hada volvió a aumentar de tamaño y se colocó junto a su hermana del fuego. Por primera vez la otra se sintió en desventaja, pero aun así plantó firmemente cara.  

Recordando la sangre fría con la que ella les había atacado, Carlota lanzó una columna de fuego contra ella. La náyade se defendió lanzando un potente chorro de agua, y los dos elementos se encontraron en el aire.  

La energía de aquel encuentro se sintió de una manera tan intensa que las dos retrocedieron unos centímetros, pero no dejaron de combatirse mutuamente. El agua y el fuego luchaban por ganarse terreno mutuamente.  

Daniela se recuperó de la sorpresa inicial, y concentró la potencia del agua en su enemiga, deseando destruirla con ella y apagar para siempre el fuego que extinguió la vida de sus padres. Aquel sentimiento alimentó sus poderes y empezó a ganar terreno.  

Carlota sintió como retrocedía levemente ante aquel poder, y las inseguridades volvieron a ella. Se concentró todo lo que pudo en mantener viva aquella llama porque era todo lo que la quedaba. Era lo que la separaba de su vida solitaria. 

Un grito que recogía la furia de las salamandras escapó de ella, haciendo quemarse el oxígeno en torno a la llama. La fuerza de esta impulsó hacia atrás a Daniela, que tuvo que esforzarse mucho para equilibrar de nuevo las fuerzas. Pero por unos segundos perdió el control, y aquello decidió la batalla. 

La otra hada, que se había quedado paralizada por el sobrecogimiento de aquellos dos elementos colisionando, vio la oportunidad. Acercó la espada a la llama y, cuando la hoja ardió con la potencia de esta, la arrojó contra su enemiga. 

El arma acertó a esta en el estómago, con la punta sobresaliéndole ligeramente por la espalda. La corriente de agua desapareció, y Daniela cayó al suelo mientras su herida empezaba a quemarse a causa del filo ardiente. Un humo de olor desagradable brotaba de ella.  

Carlota cesó el ataque para evitar quemar la habitación, y observó incrédula a las otras dos mientras recuperaba la respiración. Habían vencido. 

-Tu camino ha llegado a su fin- dijo el hada mirando a su enemiga. Esta, desde el suelo, la observó curvando la boca hasta formar algo parecido a una sonrisa. Entonces, su cuerpo se disolvió en agua, y la espada cayó al suelo. El olor a quemado impregnó la estancia como último rastro de su presencia.  

– ¿Está muerta? – preguntó Carlota. 

-No- contestó el hada acercándose al agua, que había formado un pequeño charco- Esto solo era un doble. Me sorprende en una náyade tan joven-.  

Sin dar tiempo a que la otra pudiera replicar, el teléfono sonó. En forma de hada la voz de Carlota cambiaba y en circunstancias normales no habría contestado mientras estuviera así. Pero hubo un detalle que lo cambió todo. 

Era el número de casa de sus padres. 

-He sentido desaparecer a mi doble- dijo al otro lado la voz que la chica menos quería oír en ese momento, y que le heló la sangre- No estaba segura de si iba a funcionar-.  

– ¿¿Qué les has hecho??- dijo el hada del fuego, a quien la sangre le hervía. Sin darse cuenta el calor de su mano empezaba a afectar al auricular.  

-Calma, guerrera del fuego. Contén tu ira o no podré explicarte nada- respondió Daniela, separando las palabras con el tono de quien disfruta de cada una de ellas- Tu hermano me enseñó a usar esto. Fue muy amable. Por eso le dejé para el final-.  

En ese momento la otra colgó, pero no habría tenido necesidad. El teléfono empezó a arder y Carlota lo dejó caer al suelo justo antes de echar a volar por la ventana más cercana. La otra hada produjo una brisa que apagó las llamas, y la siguió.  

No era así como se hacían las cosas, pensó mientras seguía a la otra volando. Habían abandonado toda cautela, y podían ser vistas. Pero conocía lo bastante bien a las salamandras (hadas del fuego) para saber que nada detiene a una cuando teme por sus seres queridos.  

Por suerte para ellas, la gente del pueblo estaba muy ocupada preguntándose como la tormenta se había retirado tan rápidamente como para fijarse en las hadas. Llegaron al jardín de la casa familiar, y comprobaron con preocupación que la puerta estaba abierta.  

Carlota se sintió volver a su infancia cuando atravesó un pequeño sendero de piedra y llegó a la entrada. Subiendo dos escalones, empujó suavemente la puerta de madera y avanzó por el estrecho pasillo en cuyo fondo estaba el salón.  

La televisión estaba encendida. Su sonido acompañó a la chica todo el trayecto, y su luz se reflejaba en los cristales de las puertas correderas que daban acceso. Entre estas había un pequeño espacio de separación que de pequeños usaban ella y su hermano para intentar oír los programas y películas «de mayores´´ que sus padres no les dejaban ver, creyendo que estaban en la cama como les habían mandado. 

Las puertas emitieron un sonido suave al ser descorridas. En el televisor, personas debatían sobre temas lejanos que no podían importar menos a aquella chica que había vuelto a casa para presenciar un espectáculo macabro.  

Su hermano estaba tumbado sobre la alfombra, boca arriba y con los ojos muy abiertos, mirando sin foco al techo. Un puñal de hielo le sobresalía del pecho. En las paredes, sus padres colgaban sin vida, con las manos clavadas a estas por las muñecas, que habían atravesado otros puñales.  

En el centro de ambos, escrito con sangre, un mensaje en letras mayúsculas: «Bienvenida a casa, Carlota´´.  

Las piernas le fallaron, pero no sintió el impacto del suelo de mármol en las rodillas al caer. Solo pudo quedarse quieta, con mirada desencajada, ante el horror de aquella habitación. A mucha distancia del infierno donde ella estaba, la segunda hada se sobrecogía ante la violencia allí liberada, y rezaba una plegaria por las víctimas dirigida a los vientos.  

Cuando por fin pudo emitir un sonido, la salamandra lo hizo en forma de grito. Uno que contenía toda la tristeza que eran capaces de liberar las hadas, y que atravesó la estancia hasta dejarse oír en la calle.  

Hace tan solo un momento se preocupaba por si el jardín de la casa se había inundado. Y ahora su familia ya no estaba. 

Daniela volaba. Dejaba atrás el pueblo y se internaba en el monte. A esas alturas las hadas ya debían de haber llegado a la casa, y eso la hizo sonreír. El placer de matar a un hada debería esperar, pero aquello había sido un buen entrenamiento.  

Cuando aterrizó en la entrada de una cueva por la que salía una pequeña cascada, en la cima de un acantilado, recordó a su padre y las muchas veces que este le había hablado de los humanos y como era su mundo. Le enseñó que debía respetarlos pese, o precisamente a causa de, ser muy superior a ellos en poderes. 

Si son como tú, papá, se decía a sí misma de niña, los respetaré y el día que me toque cuidar el sueño de uno de ellos, lo haré con todas mis fuerzas. Pero después su misma especie le había enseñado el poco valor que tenía la vida. 

Así que no le costó nada acabar con aquellos seres insignificantes, y mucho menos después de examinar sus sueños y observar que estaban llenos de cosas banales: tener un coche nuevo, pagar la hipoteca, comprar esos muebles que habían visto en una revista, etc. 

A esas alturas ya no era tan ingenua para decirse que hacía daño para devolver lo que le habían hecho. En parte era así, pero había algo más. Había cruzado líneas y se había vuelto peor que los que la dañaron, pero no pensaba detenerse. 

Porque ya no era una venganza, ni siquiera el deseo de dañar a sus enemigas. Luchaba y mataba para llenar el enorme vacío que tenía dentro. 

-Las mataré a todas- le dijo al cuerpo de su hermano, que seguía joven dentro del caparazón de hielo que ella creó para él.  

Imaginó los gritos de sus futuras víctimas, y sonrió dándose cuenta de que acallaban aquellos que ya nunca dejaba de oír: los de su familia pidiéndole ayuda.  

-Nunca te rindes, ¿verdad? – dijo Óscar, que observaba apoyado en una pared de la cueva su propio cuerpo dentro del hielo- Ni siquiera cuando sabes que no puedes ganar-.  

Daniela le miró. Sus ojos azules brillaban misteriosos como siempre que intentaba retar a su hermana a una discusión o debate. ¿Estaba realmente allí o todo existía dentro de su cabeza? Para ella, en el fondo, daba igual. 

– ¿No crees que pueda ganar? – dijo con convicción- Hasta ahora han seguido mi juego. Las haré sufrir de formas que no se imaginan-.  

-No lo digo por las hadas- respondió el chico de forma calmada- A quien no puedes ganar es a ti misma-.  

-Hija- dijo una voz, clara como el sonido de un arroyo por la mañana, que la chica no creía poder volver a oír- Basta de lucha. Muere en paz y reúnete con nosotros-.  

Allí estaba su madre, bellísima con su vestido azul. A su lado, sonriéndole y con el mismo perfil aguileño que Óscar, estaba su padre.  

La visión de los tres juntos desconcertó a la chica, que solo escuchaba el fluir del agua de la cascada y deseó poder ser como ella, y dejarse ir hasta el gran mar. Pero no era ese el mensaje que transmitió a su familia.  

-Ya estoy muerta- dijo- Morí con vosotros y, aunque pierda la vida, las hadas no me dejaran ir al gran mar por mis pecados. Ya no puedo volver atrás-. 

El sonido del agua se intensificó. Daniela miró a su alrededor y vio que volvía a estar sola con el cuerpo de su hermano. De esa forma, pensó, era mucho más fácil. Tras despedirse de Óscar, se sentó en el borde del acantilado.  

Si el día que fue hasta allí por primera vez se hubiera dejado caer, pensó, todo habría sido más fácil. Pero ahora ya solo había un camino para ella.  

-Muy bien, Sara- dijo al echar a volar, emprendiendo una ruta que sabía sería larga- Ahora te toca a ti-.  

Sara no podía esperar a saber algo de Carlota, pero decidió que si seguía pensando en ello se volvería loca. Así que, para apartarlo de su mente en la medida de lo posible, decidió contar a su marido la historia que ya conocía su hijo. 

Hacía un rato que el médico la llamó, explicándole que le habían hecho unas pruebas y no entendían bien lo que le pasaba. Las pruebas no habían revelado nada extraño en su cuerpo, pero ella se temía que lo que le estaba dañando no podía ser detectado por material de hospital. 

Así que se reunió con él. Seguía en la misma cama, y en esos momentos estaba tranquilo. Pero, aunque no lo mostraba de forma abierta, se preocupaba por su recaída y las cosas ambiguas que le habían contado los médicos.  

Ella le cogió fuertemente de la mano y empezó a contar la historia que, de no ser porque la había vivido, ni ella misma creería. A su lado estaba Rodrigo, que se había quedado solo después de que Blanca se fuese con su familia. 

-Si vais a ese otro sitio, yo quiero acompañaros- le había dicho su amiga en privado antes de marcharse y prometer que estarían en contacto.  

-Es muy peligroso-. 

-No me seas machista-. 

-No es por eso, es que no quiero ver a nadie más como a mi padre- dijo Rodrigo con tanta seriedad que la otra no pudo sino guardar silencio, pese a no estar de acuerdo. Sin embargo, aquello solo había sido el primer asalto y ambos lo sabían. 

Cuando Sara terminó su relato, se hizo el silencio. Se preparó para un batallón de preguntas, y deseó que llegaran cuanto antes para que su mente no se desplazara al pueblo ni a Carlota, que seguía sin coger el teléfono. 

– ¿Todo esto tiene que ver con lo que me pasó esta mañana? – dijo Jaime, el marido.  

-Sí- respondió Sara- ¿Crees que estoy loca? -.  

-Bueno- dijo, pensativo- Creo que yo también lo estoy, así que tendrá que valer-. 

Ella sonrió, y le besó en la frente. Rodrigo se sentó en la cama junto a su padre y le observó con miedo, como si pudiera romperse en cualquier momento. Él le sonrió. 

– ¿Cómo estás, chaval? -.  

-Creo que mejor que tú-. 

Ambos rieron, y con cuidado Jaime abrazó al chico. Sara se unió, y pensó que en aquel reducido espacio tenía a las dos personas que más le importaban en el mundo. Y, si tenía que volver a enfrentarse al peligro para protegerles, lo haría sin dudarlo. 

El móvil empezó a sonar, y el corazón de ella dio un vuelco al comprobar que se trataba de Carlota. Descolgó rápidamente. 

-Mi familia acaba de morir- dijo sin dar tiempo a la otra de preguntar nada, y dejándola completamente sin palabras- Sara, si quieres ir a por ella cuenta conmigo. Las dos juntas-.  

Antes de contestar miró a los otros dos, que la observaban preocupados al ver su cara mientras escuchaba las noticias de su amiga. Supo que la aventura llamaba de nuevo a su puerta, y no podía rechazar la llamada.  

-Cuenta conmigo- dijo. Y se despidió de su vida normal. 

En el jardín de la casa, Carlota observó disolverse los cuerpos de su familia. Los vientos habían aceptado la petición del hada, y acogieron en su seno las almas de los fallecidos pese a su condición de humanos. 

Tras derramar muchas lágrimas, pensó en como una parte de su vida desaparecía con ellos. Y no era el final que habría querido, pues nunca renunció del todo a poder arreglar las cosas y volver a casa. Pero ahora las puertas de esta se habían cerrado para ella. 

Se levantó y observó el horizonte. El hada se había mantenido en silencio, respetando su dolor, pero sin apartarse para no dejarla sola en esos momentos. Se sentía fracasada porque no había logrado impedir que Daniela hiciera más daño.  

Hace muchos años, presintió en Tomás la sombra que acabaría creciendo en él, tal vez provocada por el divorcio temprano de sus padres. ¿Podría haber cambiado ella su destino de haber permanecido a su lado? Tal vez no, pero nunca se perdonaría el no haberlo intentado. 

Ahora, después de lo ocurrido, se sentía unida de alguna forma a Carlota. Como aquel niño perdido que conoció, era una persona que había perdido su hogar. Pero no presentía una sombra en su futuro.  

Y, cuando la chica se limpió las lágrimas y la miró para hacerla saber que estaba preparada, supo con seguridad que lo único que veía en sus ojos era el resplandor de un fuego sediento de justicia.  

Así que partieron volando, juntas, para encontrarse con los demás mientras las corrientes de aire limpiaban el cielo de los rastros de la tormenta y conducían a los fallecidos a su lugar de eterno descanso. 

A kilómetros de allí, recortada contra un cielo que mostraba el ocaso del atardecer, se alzaba un edificio a medio construir. En la valla que rodeaba el perímetro, un cartel indicaba que las obras se habían paralizado hasta nuevo aviso. 

Aquel lugar estaba previsto para ser el primero de una serie de edificios de gran altura que se había planeado construir, propiedad de una importante cadena de hoteles extranjera. Pero al descubrirse que el permiso había sido adjudicado de forma fraudulenta, las obras se detuvieron. Y el nuevo gobierno de la ciudad aún no había decidido qué hacer con el terreno. 

En ocasiones, bandas de jóvenes entraban en el recinto para pintar grafitis o hacer botellón, pues era un lugar tranquilo donde no serían molestados. Pero en aquel momento la única persona que estaba allí era alguien del tamaño de un adulto, cubierto con una capa de viaje gris.  

Sus manos, peludas y de dedos largos, abrieron un pequeño estuche de madera tallada. En él había una flauta hecha del mismo material que la figura observó con atención. Cada uno de sus cuatro orificios tenía al lado un dibujo con una forma diferente. 

Y el primero de ellos era un ojo muy parecido al que a miles de kilómetros le habían extraído a la pintora.  

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